Se dice mucho que en estos últimos años la sociedad está desarrollando una piel muy fina. Que, en general, nos estamos flanderizando.
Esto quiere decir que nos ofendemos con mucha facilidad, nos tomamos las bromas como algo personal, como una ofensa (directa o indirecta) hacia un individuo o colectivo. Y, a partir de aquí, sentenciamos que deberían existir unos límites a la hora de crear humor, para, a mi entender, no perder el valor de la empatía y solidarizarnos con las personas.
No todos los públicos están preparados ni mentalizados para según qué tipo de humor, claro está. Los individuos, además, tendemos a uno o varios estilos concretos, y aborrecemos o evitamos la clase de humor que nos incomoda o nos crea indiferencia.
Ahora bien, creo que nadie podría decir que nunca se ha sentido ofendido por algo que ha escuchado o que le han dicho. Ofenderse es natural, a veces nos encontramos en una situación en la que somos más propensos a reaccionar negativamente a algo que recibimos. Nos enfadamos, nos enrabiamos y nos ofendemos. No necesariamente somos así siempre, pero a veces no estamos preparados a recibir algo con buen humor. Decir que una persona es “ofendidita” es impreciso, pues no siempre somos de una forma. Una persona tímida no siempre es tímida, una persona alegre no siempre está alegre, una persona extrovertida no siempre tiene ganas de ser tan abierta con el resto de personas, etc.
Cuando una persona reacciona negativamente ante una noticia, broma, monólogo, chiste, acción, etc., lo normal es comprenderla. A mi parecer, infravalorar, menospreciar o decir “Eres un exagerado/ofendidito/dramas…” es una grosería proveniente de la falta de empatía. Contamos chistes con la intención de crear un momento de diversión. Al fin y al cabo, la finalidad es mantener unas relaciones interpersonales sanas, un buen rollo. No tenemos porqué juzgar a alguien que no lo recibe como es de esperar.
Pero, ¿qué pasa cuando una persona se ofende con algo que ha recibido? Como ya sabemos, esto es algo que nos puede pasar a todas las personas, pero hay gente que toma distintas decisiones con respecto a eso: Están los que pasan absolutamente del tema, los que expresan su ofensa… y los destructores del humor.
Ignorar lo que te ha hecho sentir incómodo, ofendido, enfadado… es la opción más sana para evitar agravar ese sentimiento destructor, expresar una ofensa es totalmente legítimo y nadie debería juzgar o denigrar a otra persona por hacerlo, pero creerse con el derecho de decidir hasta dónde llegan los límites del humor es ser un destructor del humor. En otras palabras, un totalitario.
Ofender con el humor no es agredir verbalmente ni atacar a nadie, es crear humor, para el disfrute de quien lo reciba positivamente. Ofender nunca es una intención, podríamos decir que es un daño colateral, no intencionado, pero el problema nunca es de quien emite la broma, pues no emite ninguna ofensa, sino de quien se ofende, pues percibe una acción bienintencionada con rechazo. Mas, repito: es totalmente natural. Sin embargo, no deja de ser un problema.
Por lo tanto, ¿deberían existir límites para el humor? No. ¿Es normal que la gente se ofenda? Sí. ¿Es evitable? No. ¿Entonces? A disfrutar de la vida. Un chiste no te va a matar.